
Villa La Angostura, Villa Traful y Villa Mascardi nacieron de la misma manera, con la misma intención y por un mismo fundador. Sin embargo, con el paso del tiempo, sus destinos fueron completamente distintos.
El origen de las villas turísticas
Corría el año 1931. El área del lago Nahuel Huapi —por entonces en pleno auge como colonia agropastoril de la mano del magnánimo Primo Capraro— se encontró con un contexto de crisis mundial, el cierre aduanero con Chile —su principal nexo económico— y un gobierno de facto recién instalado.
En ese escenario aparece Exequiel Bustillo, propietario de tierras en la zona y entusiasta de los parques nacionales de Estados Unidos. En 1934 se convertiría en el primer presidente de la Administración de Parques Nacionales de Argentina. Él, junto a vecinos y otros propietarios de la zona, cambiaría el progreso y el tipo de vida del Nahuel Huapi: dejaría de pensarse únicamente como colonia agropastoril para comenzar a concebirse como un polo de conservación y disfrute turístico.
La construcción de destinos turísticos
En la década del ‘30 se construyeron los primeros caminos alrededor del lago Nahuel Huapi y se impulsó la construcción de hoteles emblemáticos y grandes residencias como el Correntoso, el Llao Llao, el Messidor, el Inalco, el Lago Espejo y la Angostura. Estos incentivaban principalmente el turismo de las clases pudientes.
Al mismo tiempo, la Administración de Parques Nacionales decidió crear villas turísticas planificadas en distintas áreas del parque para distribuir la visitación, la disponibilidad de infraestructura y los servicios turísticos.
Cada una contaría con tres áreas:
- zona comercial
- zona residencial
- zona agrícola pastoril
Así nacieron Villa Traful —en la costa central sur del lago homónimo—, Villa La Angostura —en la península Quetrihué— y Villa Mascardi —en la margen sudeste del lago homónimo—.
¿Qué pasó de su fundación al presente?
El crecimiento de las tres villas turísticas fue lento. Hasta 1980 las tres compartían un desarrollo casi idéntico. Tenían:
- una escuela
- una seccional de guardaparques
- uno o dos hoteles
- un almacén de ramos generales
- servicios básicos
- accesos por caminos de ripio
Pero hubo un momento en que todo cambió. En la década de 1990 se finaliza la pavimentación de la Ruta Nacional 231 hacia Villa La Angostura y, en 2004, hacia el Paso Internacional Cardenal Samoré. De repente, la pequeña villa comenzó a recibir un intenso tránsito internacional de camiones desde y hacia Chile.
Mientras tanto, Villa Traful seguía manteniendo su tranquilidad, interrumpida solo por el polvo de los autos que se animaban a recorrer los 35 km de ripio desde Confluencia.
Villa Mascardi, en cambio, perdió protagonismo cuando la Ruta Nacional 258 cambió su trazado y dejó de pasar por su pequeño centro y por la margen este del lago Guillelmo, pasando ahora por su margen oeste. A su vez, al pavimentarse e inaugurarse el Cañadón de la Mosca a fines de la década del 90, El Bolsón pasó a estar a solo dos horas de Bariloche, lo que volvió innecesaria la parada en Mascardi.
Un fantasma no nombrado en esta historia: San Carlos de Bariloche
Desde 1935, Bariloche contó con conexión ferroviaria con Buenos Aires, 20 años después con conexión aérea y, hacia 1980, con conexión pavimentada. Así, Bariloche se transformó en un gigante turístico. Desde allí los visitantes podían recorrer el parque durante el día y regresar a dormir en la ciudad.
Entonces surge la pregunta inevitable: ¿por qué alojarse en alguna de estas tres villas turísticas si Bariloche ofrecía mayor oferta de servicios, infraestructura y conectividad?
Solo una de las tres villas encontró una respuesta clara: Villa La Angostura. Comenzó a desarrollar senderos turísticos como el de la península Quetrihué, impulsó campings y turismo de playa en el lago Correntoso, Espejo y Bahía Manzano, entre otros. También hubo una política turística municipal y provincial por parte del Gobierno del Neuquén, que apostó por impulsar y trabajar en la conexión con San Martín de los Andes a través de la pavimentación de la Ruta de los Siete Lagos.
Villa Traful, en cambio, pasó a ser una villa de complemento turístico por su baja densidad poblacional y su ubicación fuera de rutas internacionales. Incluso las decisiones de pavimentación reflejan estrategias territoriales: el tramo pavimentado primero fue el que conecta con la Ruta de los Siete Lagos y no el acceso histórico desde Confluencia. Esto no es casualidad: al ingresar desde Siete Lagos, Traful queda unida, simbólica y realmente, al circuito turístico y al flujo de visitantes, ya sea desde San Martín de los Andes o desde Villa La Angostura, incluso desde Chile. Mientras que, si se hubiera pavimentado el ingreso desde Confluencia, se habría fomentado el acceso desde Bariloche —Río Negro— y desde Buenos Aires, promoviendo una mayor independencia de Traful.
Política turística y destino de los pueblos
Todo esto muestra algo fundamental: las decisiones de política turística pueden cambiar el destino de una comunidad entera.
Un camino pavimentado, una promoción adecuada o una estrategia territorial pueden impulsar o estancar el desarrollo de un destino.
La realidad es que poco quedó de aquellas villas turísticas diseñadas en un principio. Es cierto que Mascardi es la que más preservó ese espíritu, no por elección sino por orfandad. Traful quizá mantuvo el mayor equilibrio, ya que no creció en demasía; sin embargo, no logró forjar una identidad propia. Y Angostura está a tiempo —si se mueve rápido— de conservar la palabra “Villa”; de lo contrario, en pocas décadas, será otra San Carlos de Bariloche.
El objetivo original de las villas turísticas era distribuir el flujo turístico. Que cada una tuviera su propia identidad, servicios básicos y acceso a senderos y atractivos cercanos.
Cuando esto ocurre:
- las rutas se descongestionan
- los pueblos fortalecen su identidad
- las ganancias e inversiones se distribuyen de manera más equilibrada
Ese era el espíritu inicial. Y quizás también su desafío pendiente.
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