
Existe una sensación, mezcla de placer e intriga, al desandar un camino sinuoso. Cada curva en una ruta escénica parece que nos interna más y más en un misterio que se nos revela lentamente y que juega con nuestra ansiedad de querer llegar rápido a un destino.
La experiencia de una ruta escénica
A un lado precipicios, acantilados, un océano azul profundo. Al otro médanos, estepa. Al final de una curva aparece un mirador sin carteles ni pasarelas, apenas un pequeño desvío marcado por huellas.
Una intuición: “acá se mira”.
Se detiene el vehículo. El motor se apaga. El sonido mecánico desaparece y es reemplazado por el bramido del mar contra los acantilados. De fondo, los gritos y chillidos de los loros barranqueros anuncian a la naturaleza la llegada de un visitante.
Todo a nuestro alrededor nos deja sin aliento en la Ruta de los Acantilados —Ruta Provincial 1, provincia de Río Negro—. Eso es una ruta escénica.
El viajero que colecciona caminos
Quienes disfrutan recorrer las rutas argentinas en busca de estas sensaciones no temen empolvarse, demorarse o perderse. Saben que basta una experiencia así para encontrar aquello que buscaban.
Hay una dosis de adrenalina al aventurarse por las curvas interminables de la Cuesta del Portezuelo, o al quedarse sin aliento en las abras rojizas de la Cuesta de Lipán o al maravillarse ante los espejos azules entre retamas del Camino de los Siete Lagos.
Cuando el viajero comprende que lo que experimentó tiene un nombre, una razón de ser, y que hubo una planificación detrás que supo condensar el valor patrimonial —natural o cultural—del área y desandarlo a través de una calzada que supiera escoger dónde trazar cada giro y cada recta, sucede la magia.
El viajero se enamora de las rutas escénicas y comienza a coleccionarlas.
Recorridos para completar el álbum
En nuestra infancia, disfrutábamos coleccionar figuritas. Algo parecido nos sucede como viajeros y viajeras: después de recorrer una nueva ruta escénica, volvemos al mapa y marcamos el camino como un hito alcanzado. Una nueva figurita.
A medida que el álbum se completa, buscamos desafíos nuevos:
- caminos de ripio
- desvíos poco transitados
- parques nacionales recónditos
- rutas escénicas poco conocidas
Y al llegar al camping, al final del día, queremos compartir la historia de ese nuevo camino recorrido que se volvió parte esencial del viaje.
El derrame turístico
La alegría de quien viaja por una ruta escénica también transforma a las comunidades locales.
El viajero contagia de emoción al local que quizás desconoce el valor de ese recorrido que para él es su “patio trasero”. Le brinda frescura, le trae novedad y muchas veces consigue que perciba el valor de aquello que lo rodea.
El turismo bien practicado permite que el local viva del entorno natural y cultural ofreciendo sus productos artesanales. Y no solo eso: la ruta escénica permite unir comunidades a través de una identidad compartida. Les da la oportunidad de trabajar en conjunto para valorar, conservar y compartir su patrimonio, mientras obtienen beneficios económicos.
En la Ruta de los Acantilados, por ejemplo, las pequeñas aldeas pesqueras tienen la oportunidad de desarrollar un turismo sustentable basado en un uso amigable del agua, la energía solar, el disfrute de sus cielos estrellados y el poder del mar, sus extensas playas y sus ballenas, lobos marinos y loros barranqueros.
En la Ruta del Norte Neuquino las poblaciones de Andacollo, Varvarco, Las Ovejas y Manzano Amargo tienen la oportunidad de trabajar en conjunto en torno a temáticas como la trashumancia, la pesca en nacientes del río Neuquén, el poder volcánico de los geyseres y fumarolas del Domuyo, los lagos de Epu-Lauquen, entre otros.
Distribuir en vez de concentrar
Las rutas escénicas también tienen un poder clave: distribuir el flujo turístico y desconcentrarlo de los destinos que han sido desde siempre los productos turísticos predilectos.
Un producto turístico no es solamente la unión cohesionada de atractivos turísticos con una oferta de servicios —alojamientos, gastronomía, prestadores— para satisfacer una demanda turística. Hay que evitar que el círculo se concentre en un solo punto con demasiados servicios y prestadores, porque se genera saturación. Debería funcionar como un árbol:
- el tronco es la ruta escénica
- las ramas son las comunidades
- la savia es el flujo turístico
Los viajeros y viajeras se distribuyen entre esas ramas, conocen sus particularidades, descubren nuevos lugares y le permiten a cada comunidad mostrar sus virtudes y dones.
Cuando el turismo se organiza de esta manera:
- los destinos se descongestionan
- las comunidades crecen con identidad propia
- el viajero vive experiencias más auténticas
De esta manera, la ruta escénica pasa de ser una simple calzada que conecta puntos o localidades a un camino lleno de vida del que emana la esencia de cada pueblo.
En Aware trabajamos en sacar a relucir la identidad turística de cada destino para lograr una vinculación armónica con la ruta escénica que le corresponde según su narrativa, temática o espacio geográfico. Escribinos por WhatsApp y empecemos a trabajar juntos.